Diletantes Universales

“Rechazamos totalmente el juzgar si algo es bello o no. Nosotrxs creamos algo. Eso es todo…Nosotrxs no somos músicos, somos diletantes universales.”
Holger Czukay
Diletante:
2. adj. Que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional. U. t.c.s. U. t. en sent. peyor.
A decir de las academias heteropatriarcales al servicio de la legitimación de los estados (A.k.a. Real Academia Española. Entre otras, claro).
*Tiene un matiz peyorativo*
Siempre que el imperio imprime en mí sus categorías con ‘matices peyorativos’, me autoafirmo potente.
A cada una de las cracks al imperio que resultan del acto de mi existencia, de mis experimentos, el imperio responde imprimiendo sobre mí una categoría con matiz peyorativo. Camino por el mundo con ellas a la vista. No me insultan, ya no me pesan. Exhibo mi cuerpo impreso de ‘matices peyorativos’, lo habito. Soy la encarnación de esa, su debilidad que le lleva a insultarme y desacreditarme. Portar sus ataques es portar su miedo, el miedo que me tienen. Es portar el statement de que su poder no es ilimitado.
No hay reconocimiento institucional que pueda hacerme ser. Y sólo quienes nos arriesgamos a aprehender las realidades utilizando criterios ajenos a las instituciones imperiales podemos ver el brillo de lxs rebeldes y anormales, de lxs sabixs más allá de los márgenes.
De acuerdo con el imperio, soy unx diletante por que autogestiono el intelecto y estudio es espacios de no-encierro.
Intelecto clandestino. Subjetividad ilegítima.
Los Ph.Ds no se explican cómo ni por qué, sin ser unx de ellos, les resulto tan interesante. Me odian. Les enfermo y, mientras lo hago, sano, me potencio.
Y así es que el primer paso para que yo confíe en alguien sea que estx alguien dé muestras de sospechar del imperio.
Y así es que la única forma de confiar en mí sea desconfiando del imperio…if you know what I mean when I say ‘imperio’.
Fotografía de V. Negro
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Prohibido morir

mad2Ya hace un buen rato que estoy en calma. Sonrío porque encuentro placentera mi existencia.

Ya hace un buen rato que no me importa en dónde estoy, con quién o haciendo qué cosa…todo lo que necesito para sentirme satisfecha y en calma está conmigo todo el tiempo, está locked up in my skull, so it’s always there for me.

Ya hace un buen rato que no necesito nada ni a nadie. Paso tiempo con muy pocas personas y lo hago sólo por placer. Como tomar limonada cuando no tienes sed: it’s still delicious, right?

Y así…

Pero hay algo, porque no puede ser de otra manera. Hay algo que me lo roba todo: que se enfermen mis compas animales, mis perras o mi gata. That just doesn’t make sense, you know? Like it’s not fair.

Y sí, the more people I get to know, the more I love my animal compas.

Tal vez sean la única cosa fuera de mí que en verdad me importa. Sí. Mis plantas, tal vez. No. Las suculentas me impresionan, me han enseñado todo de sí mismas.

Mi Madonna, Matías, Donuts, Patines, Patías, la Rubia Chimuela está enferma de nuevo. Vomita y vomita due to some shit she might have eaten. Y, de nuevo, yo le tengo miedo a su muerte.

Ninguna de las tres va a sufrir. Decidido. ¿Yo? Cuando dejen de existir, yo voy a perder una de las tres cosas que me mantienen conectada a mi exterior…en lugar de esa conexión, oscuridad, negrura. Been there. Got that.

Don’t ever die, pendejas. Se los prohibo.

Año Nuevo y otra oda a la oscuridad

No, el Año Nuevo no me es “borrón y cuenta nueva”. Aún tengo consciencia de algunas imposibilidades y esta es una de ellas. Plus, sería inútil. Creo que ni siquiera siendo totalmente cuerda renunciaría a lo que he vivido.

No renunciaría al miedo que sentí

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Entre muertos y tristes

– ¡Adriana, se están madreando a una vieja!
– Llámale a la policía y échame la pala.

Salí corriendo sin pensar en algo concreto. El malparido la tenía en el piso, le daba patadas, le jalaba el cabello y la insultaba como yo jamás había oído insultar a alguien.
Le di un putazo en la espalda con la pala y con la fuerza que no tengo pero que me viene a modo de préstamo cuando le necesito.
Se cayó al piso, doblado de dolor. Yo eché a correr y, llegando a la esquina, escuché a la patrulla acercándose.
Pinche mundo mierda, quiero vomitar.

¡ALTO!

No quiero ser unx héroe. No se esfuercen en convertirme en eso, no me traten como tal.

No hay brillo entre la mierda. No se consuelen pensando lo contrario. No hay algo que haga de esta realidad mierda algo más llevadero ni mínimamente aceptable.

Estamos en guerra, sí. Todo lo que sucede en el marco de esta guerra es inaceptable, por entero.

No celebro la valentía. No me atrevo, siquiera, a hablar de tal cosa. No fue un acto de valentía, fue un acto de desesperación. No lo hice por ella, lo hice por mí. Fui yo la que no lo soportó, la que tenía que pararlo de alguna manera. No puedo hablar por ella pero sé de ese círculo vicioso de la violencia. Sé que el haber detenido al mal parido no significa necesariamente haberla salvado a ella. Lo hice por mí, no por ella. Nunca le pensé, sólo sabía que yo no soportaba el sonido, la imagen de la putiza.

Que le salvé la vida. ¿Quién es alguien para saberlo? ¿Es vida lo que sea que le salvé? ¿Puede alguien responder esa pregunta? En una de esas, hasta le alargué un sufrimiento. ¿Quién sabe?

Yo, que me sabía unx misfit de este mundo individualista sin ética, yo lo hice por mí, no por ella. Me pude ir en el viaje de ‘sí, yo muy bien’. Pero no. Ese individualismo que traigo/traemos hasta en el cebo de la piel ha de ser deconstruido. Ese individualismo que subyace a nuestras ilusiones de empatía…¿en qué tanto más no se me ha colado?

No soy unx héroe. Soy una desesperada. Un héroe pone su integridad a un lado para salvaguardar la ajena. Yo no. Yo puse mi integridad, mi vida, mi estar bien por delante. Sí, por delante de ella. No soy unx héroe, estaba arrinconada. Nadie jamás debería encontrarse arrinconada.

Se me dice ‘fuerte’ pero soy débil, resisto poco, aguanto poco, soporto poco. No se equivoquen con la debilidad, es la que me mueve. Lucho porque no soporto, porque ya no aguanto.

Que fui la única persona que reaccionó. Sí. Vivo entre muertos y escombros de existencias. Soy débil, no aguanto, porque siento, porque sigo viva, sin el cuerpo entristecido. Esa es mi disidencia: vivir. Esa es mi resistencia: vivir. 

¿Sororidad? No. lo hice por mí, no por ella. ¡Cuán complejo es eso de la sororidad! Y andamos por ahí mencionándola como si nos fuera fácil acceder a, siquiera, pensarla. Gravísimo, tenemos al heterocapitalismo/consumismo/individualismo/patriarcado encima de nosotrxs, dentro de nosotrxs pero, sobre todo, encima, mandando, rigiendo. Ahí está, entre el cielo y nosotrxs, y nosotrxs acompañándonos al baño y abrazándonos, viviendo la ilusión de sororidad, tan ilusión como la ilusión capitalista del progreso. Sin fundamento, sin deconstrucción, sin crítica, sin pensar o pensando que el sistema es poca cosa.

¿Esperanza? No tengo, no tengo esperanzas en esta sociedad de muerte y tristeza. Pienso vivir y morirme contribuyendo a su destrucción y reírme cada que le astille un fundamento y cada que lo intente, aunque fracase, también.

¿Solución? Ni de cerca. Ya dije: lo hice por mí, no por ella.

¿Violenta? Agresividad o muerte. Sí. Una vez dijo Punky Mauri: sé violenta, hermosamente violenta que cualquier acción violenta se justifica plenamente. Hasta que todo reviente, sé violenta libremente.

 

*Gracias por el apoyo. No dejemos de pensar-nos.

Lola

 

 

A la ex de mi ex

Perdóname por la arrogancia y las sonrisas soberbias; por la condescendencia.

No soy más bonita que tú, como alguna vez me consolé pensando, ni ella más bonita que nosotras. Somos todas, aunque distintas, manifestaciones del mismo ser: del ser mujer.

Y yo me colgué de su cuello frente a ti, creyendo que había ganado algo, pensando que yo era el final del camino. No me daba cuenta de que el arrasaba tu vida y me usaba para hacerlo, yo lo sabía y me complacía ser su herramienta.

Es que yo pensaba que eso era ser amada. Que la vida es así y que tú tenías que hacerte a un lado o, más bien, que yo tenía que hacerte a un lado.

Hermana, sentí placer cuando te vi mermada pero es que yo pensaba que eso era ser amada. No quise anticipar que un día yo iba a estar parada de ese otro lado, desde el que me mirabas.

Me esforcé para llenar con gracia ese territorio que creí mío, antes tuyo. Pero ahí es tierra de nadie.

Me sentí gigantesca por que La Novia era yo y no tú.

Oculté el dolor del primer maltrato. En el primer viaje que hicimos juntxs me acusó de seducir a cuanta persona le dirigí la palabra. Sí, hasta a quien le dije ‘buenos días’. Traté de dejarle claro que sus acusaciones eran falsas e injustas. Me dijo ‘Ay, por favor, te estoy viendo’. No, no me estaba viendo. Yo no puedo hacer esas cosas, no soy así, no soy eso. Le amenacé con dejarlo si volvía a tratarme de esa manera.

Hermana, tú sabes que volvió a hacerlo y que yo no pude cumplir mi amenaza; sabes, incluso, cómo me convenció de no hacerlo.

A ti, hermana, te oculté el dolor. A ti y al mundo. Seguí complaciéndome en ser yo La Novia, y no tú.

Luego, un día le tuve miedo. ¿Alguna vez le temiste también? Pero seguí complaciéndome en ser yo La Novia, y no tú.

Alguna vez me contó que le dijiste que era un machista. Yo sonreí, le consolé. Ahora la novia era yo y no, no planeaba ser como tú.

Aquella primera vez que me di cuenta de que le tenía miedo, te pensé. Te vi diciéndoselo ‘eres machista’, aturdida, incómoda pero ya en el proceso de librarte de él.

Otro día quiso imponerme un trío con una de sus amigas. No cedí y se divirtieron lxs dxs sin mí. Les escuché desde la otra habitación. No, no hice nada. La humillación me congeló y para poder seguir viéndolo a la cara, la culpé a ella.

Después, lo vi de lejos, durante un buen rato, coqueteando en serio con otra morra. Usé artimañas, armé una estrategia y ella salió de nuestras vidas.

Y así seguí, creyendo que ocultarte mi dolor hacía alguna diferencia. Total, La Novia seguía siendo yo. No sabía, hermana, que hablar contigo me podría haber salvado. Y es que yo creía que nuestra distancia, mi apatía hacia ti…yo creía que eso era ser amada.

Y seguí, hasta que un día, peleando, me dio un empujón que me atravesó el pecho y me desmembró. Lloré día y noche. No podía parar. Y recordé que alguna vez le pregunté por qué se habían separado ustedes, él sólo me dijo que ya tenían muchos problemas y que tú llorabas todo el tiempo, un chingo.

Ahí, tirada en la cama, llorando y con él haciéndome piojito, ahí te amé. Lo entendí todo. Ahora La Novia era yo, no tú. Y deseé que aquella primera vez que te vi en las escaleras del edificio no me hubieras ocultado tu dolor. Yo sé, tenías que hacerlo. De cualquier manera, yo no lo habría entendido. Y ahí entendí que tú y yo jamás debimos distanciarnos.

Yo no podría parármele en frente a la otra de nosotras y compartirle mi dolor. Todavía no sé si me voy a atrever contigo.

Es esta paradoja de que, en este mundo, la autodefensa y la sororidad en esta clase de situaciones nos es violencia porque supone la humillación de la exhibición: otra agresión.

No sé si podré algún día.

Me siento en tu carne, en tu carne que desprecié y sólo espero que ninguna nosotras se vaya a sentir alguna vez en la mía. Lo deseo y no sé si puedo luchar para que así sea.

Hermana, yo también soy lesbiana. He sido lesbiana desde antes de conocerlo y también en mi vida logró meterse, también a mí me maltrató hasta romperme y yo también sé que es machista.

No sé si de algo vale, si aún te importe, pero quiero decirte (y a ella, la otra nosotras) que la mierda no está de nuestro lado sino del suyo. Está podrido desde hace tiempo, la vida no le trató bien y jamás pudo sobreponerse. Es, además, el hijo ideal del patriarcado, el hijo perfecto de la heterosexualidad.

Te abrazo, hermana, en estas letras, un día lo haré más allá de ellas.

No me fue bien con él, me agredió de todas las formas posibles, es machista, muy violento y nada chido.

Te amo, hermana. Sí, hasta ahora. Y es que yo pensaba que eso era ser amada. Te ofrezco disculpas por la competencia, por mi propio machismo.

Lola

 

P.D.Confieso, hermanas, todavía hay en mí un deseo de que él me escoja a mí. Sí, después del maltrato, la humillación, el engaño y la consciencia de todo, el deseo sigue ahí. Parte de mí espera que no lo haga, que no me escoja, no en este momento. No lo resistiría y volvería a él, porque ese deseo es así y no he encontrado libro ni feminismo que pueda con él. Me rebasa, hermanas. Mi único plan es mantenerme fuera de su alcance hasta que este deseo vaya perdiendo intensidad.

Punk love: Yo no era lesbiana 2

-Nos vemos a las 8. Si quieres paso por ti o te vienes a mi casa, y de ahí nos vamos.

Nibi y yo vivíamos juntas pero cuando íbamos a nuestro pueblo, se nos dividían las direcciones. Su casa era donde su madre y su padre y la mía donde lxs míxs. Estaban como a 30 minutos una de la otra.

-Va, me late. ¿Qué nos ponemos, wey? Para que me vea El Flaco.

-¡No mames! ¡El Flaco! Sí, wey. Pues yo digo que nos pongamos chamarrita de piel. Hasta vente más tempra a mi casa y nos pintamos.

-Va. ¿Tú me pintas?

Conocí a Nibi con la ‘cara lavada’. Yo ya era bien reaccionaria, militante y mugrientita, pero, eso sí, siempre andaba bien maquillada. Mi cabello era una reverenda mierda pero mi cara era la de una modelo con photoshop. Por entonces, Nibi tenía un cabello hermoso, largo, delgado, medio chino y bien salvaje. Todo el tiempo lo movía con las manos o moviendo la cabeza cuando hablaba. Su cabello era parte de toda ella, de su sonrisa, de su mirada, de su escote. Era como un gesto extra, un gesto especial, único. Hasta era parte de sus palabras. Sí, de las cosas que decía. Ya hace unos años que no la veo, pero estoy segura de que no se lo ha cortado. Supe que se hizo un tatuaje y supongo que, ahora, su cabello es parte de ese tatuaje también. Haría casi cualquier cosa por ver ese tatuaje.

Titi, mi novio de aquellos días, trabajaba en el bar. Era el pinchadiscos, así que Nibi y yo le hacíamos llegar nuestras peticiones, que eran siempre las mismas, y él las hacía sonar en los intermedios de la banda. Era como estar en nuestra casa poniéndonos las canciones que más nos gustaban. Cada canción era nuestra canción favorita. Y como eran las mismas que bailábamos en la casa casi todos los días, teníamos cada paso, cada mirada, cada caricia más que ensayadas. Obvio, Nibi hacía de su cabello una danza aparte y yo le aderezaba con la mirada deseante, complacida. Las dos nos sentíamos lo más sensual del universo que nos era el bar. Y, seguramente, lo éramos. La gente no nos quitaba la vista de encima, nos mandaban tragos a la mesa con recaditos de varios tonos en servilletas.

“No son gratis, pagamos por verlas bailar”

-Pinches imbéciles. Bailamos sin que nos paguen. Yo bailo contigo y para ti…bueno y para El Flaco, leve, también. ¡Jajajajajajaja!

-Wey, sí. ¡Qué tarados! Pero igual hay que sonreírles tantito, para que no digan que ‘acá’.

-Ni madres, wey. Si los pendejos a huevo quieren pagar por algo que es gratis, ¡que paguen! Igual ni traemos tanta lana. ¡Jajajajaja!

-¡Jajajajajaja! Va. Vente, vamos a fumarnos un cigarro.

Esa noche fue increíble, aunque ni Nibi ni yo sabemos cómo terminó. Nos disfrutamos mucho y yo me quedé bien conforme con haber levantado sospechas de lesbiandad.

Titi se puso celoso por que no le hice caso en toda la noche. Siempre le jugaba malas pasadas al pobre. Decía que me amaba ‘con locura’. Habíamos construido intimidad en serio. Él fue quien metió el primer tampón a mi cavidad vaginal. También el primer pene. Por inexperta, tal vez o por lesbiana, nunca me gustó el sexo con Titi. Pocas veces me venía cuando me lamía incansable la vulva. Pero de meter y sacar, jamás. Además, como estábamos re chavitos, duraba muchísimo. Yo lo que hacía era gritar y gemir  como loca, con eso como que cumplía mi parte o tapaba, para mí misma, el hecho de que no disfrutaba la gran cosa. Alguna vez me reclamó la falsedad de mis orgamos. ¿Qué le iba yo a hacer? No me mojaba ni la mitad de lo que me mojé cuando escuché a Nibi y a su novio follar.

Habíamos sido tan íntimos, El Titi y yo, que una vez se sacó una pistola cargada de su casa, se paró frente a mí y se apuntó con ella por debajo de la boca. Me reclamaba algún cuerno que le puse. Sí, Titi era un suicida, sobreviviente de sí mismo. Había fallado muchas veces tratando de matarse y así siguió hasta que terminó por amar su vida.

Tanto drama me tenía ya bien cansada. Y no me importaba tanto por que, de vuelta al departamento, Nibi y yo teníamos la mejor amistad del mundo.

-¡Ya levántate, puta del mal!

Nibi se despertaba antes que yo, siempre. Ya había la costumbre de que, despertando, se ponchara un cigarrito de marihuana, lo prendiera y fuera a mi recámara. Se me trepaba sobre el abdomen con las piernas abiertas y me decía “ya levántate” cantando, siempre melodías que se inventaba en el momento. Luego seguía el ritual de fumarnos el cigarrito en la cama y de ahí, a la cocina a preparar el desayuno.

-Oye, wey, ¿leíste lo de Spinoza que nos dejó El Cabeza de Casco?

-¡Jajajajajajaja! No mames, no soporto su pinche cabello. Ha de usar un bote de gel cada que se peina.

-Pero eso sí, nunca se va a descalabrar ¡jajajajaja! ¿Leíste o no, pues?

-Sí, ¿quieres que te lo cuente?

-Sí, y yo te cuento lo de mañana.

Nos miramos fijamente, como traviesas, nos sonreímos. Y sí, lo que nos faltaba era el beso, pero fuera de eso, éramos como la pareja perfecta. Le conté el uno por ciento que había entendido del texto de Spinoza.